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El guardián del idioma quechua

El mercado de San Roque se erige con su gente, como el custodio de una rica cultura.

10 ene 2017 / 00:00

El mercado de San Roque, enclavado en el centro de Quito desde hace casi cuatro décadas, se ha convertido en un custodio del idioma quechua. El grueso de las más de 3.000 personas que trabajan allí son indígenas y han traído con ellos su lengua nativa a la capital ecuatoriana.

El quechua no solo se lee en los muros que reciben al visitante: también se enseña en una escuela que se creó para acoger a los hijos de los indígenas.

“Muchos niños del campo fueron rechazados en las escuelas hispanas, algunos fueron bajados de grado, hubo maltrato psicológico y moral. Entonces vimos la necesidad de tener nuestra propia institución”, cuenta Manuel Ilicachi, oriundo de Chimborazo (centro del país) y uno de los fundadores de una escuela indígena que empezó hace más de 20 años en un patio prestado y ahora ocupa el edificio de la antigua Escuela de Artes y Oficios.

El centro se llama Amauta Rikchiri que, traducido al español, significa el despertar de los sabios. También recibe a niños mestizos que empiezan a palabrear el quechua desde la educación inicial. Este año son más de 250 alumnos que asisten a este centro y relacionan las actividades escolares con la cosmovisión andina. “Implementamos nuestros saberes en el currículo escolar; por ejemplo festejamos los cuatro raymis de nuestros mayores”, explica Esperanza Freire, directora de la escuela.

“Mes a mes vamos plasmando en lo escolar lo que hacemos en las comunidades y que en la ciudad se pierde. Recién pasamos el Kulla Raymi (preparación de la tierra), que coincide con el inicio del año escolar. Nosotros les explicamos a los niños que ellos son como la tierra fértil que se prepara para recibir las semillas del conocimiento”, añade.

Pero, a pesar de que los indígenas otorgan el sello de interculturalidad al mercado de San Roque, ellos están en el último eslabón de la cadena de trabajo y son un ejemplo de la desigualdad imperante.

Se emplean como cargadores, desgranadores y voceadores de la mercadería ajena y ganan entre cinco y 10 dólares por jornada de trabajo. Empiezan a las cuatro de la madrugada y terminan a las cuatro de la tarde. “No tengo estudios para cambiar de trabajo, toca estar aquí hasta que Dios quiera”, dice Segundo Baño, cerca ya de la cuarentena y capaz de cargar hasta tres quintales de papas (algo más de 45 kilos) de una sola vez.

Planes de una reubicación

San Roque, apodado ‘El elefante’ por su gran tamaño, se construyó para albergar a los vendedores que ocupaban las plazas. Pero pronto se desbordó y aparecieron varias plataformas de comerciantes pegadas a la estructura original y decenas de puestos informales en las calles aledañas. Eso sí, todos organizados.

En la actualidad hay más de 20 asociaciones de vendedores que a su vez forman el llamado Frente de Defensa del Mercado de San Roque, que actúa como un escudo cada vez que la administración municipal habla de la reubicación del mercado.

El desalojo parece inevitable toda vez que la centenaria cárcel que estaba junto al mercado se mudó hace dos años y los planes para el viejo panóptico pasan por su conversión en un museo o en un hotel cinco estrellas que cambiará la dinámica del sector.

En medio de toda esa historia, lo único que saben a ciencia cierta es que San Roque también resguarda los saberes y el idioma del Ecuador de antaño. (F)

A LA CARTA