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El avión militar sufrió una caída lenta

Una habitante de Selva Alegre observó su desplome Tres aspectos son investigados

19 mar 2016 / 00:31

El estado en que quedó el avión Arava 206 del Ejército y los cuerpos de sus 22 ocupantes, en el accidente aéreo que se dio en la comunidad de Selva Alegre (Pastaza), hacen presumir que su caída ocurrió a baja altura, fue lenta y tal vez con algo de picada, de punta.

Rodrigo Rojas (FAE) y Javier Villalba (Ejército), expilotos de las Fuerzas Armadas, coinciden en que si la caída hubiese sido a alta velocidad y rápida, el impacto con la montaña habría destruido el fuselaje y los cuerpos habrían quedado destrozados y desperdigados por la agreste vegetación oriental.

Pero no fue así. Rubén Nanchi (25 años), uno de los habitantes de la comunidad Selva Alegre, que junto con los militares llegó al lugar del accidente mucho antes de que entraran los equipos de rescate, cuenta que nunca había visto tantos muertos juntos. Hasta los contó, incluidos los pilotos que estaban en la cabina clavada en el lodo de la quebrada.

Los testimonios de los comuneros, más los vídeos expuestos por los canales de televisión donde se muestra a la aeronave accidentada, hacen presumir al capitán Rojas, un héroe de la Guerra del Cenepa, que la velocidad del aparato era baja. Incluso, precisa, esa es la característica del Arava, de fabricación israelí, que fue construido para decolar y aterrizar en pistas cortas, a baja velocidad.

Pero quien conoce al detalle a los Arava es el capitán Javier Villalba, hoy jefe de pilotos de la compañía LAN Chile, y que voló estos aeroplanos cuando estuvo en la Aviación del Ejército hace varios años.

Él, cómo otros experimentados pilotos que han operado en el cielo oriental ecuatoriano, conoce los riesgos de sobrevolar una zona llena de montañas, bruma y espesas nubes que, en cualquier momento, pueden descender, anular la visibilidad y poner en aprietos a los pilotos, por más experimentados que sean.

Según Villalba, el aspecto del ambiente (clima) es uno de los tres que la Junta Investigadora de Accidentes (JIA) tiene que investigar cuando se da un percance aéreo. Para ello, cree que ya deben haberse pedido todos los reportes climáticos que se tengan del día y las horas en que se presume ocurrió el incidente.

Rojas añade a lo dicho por Villalba que los otros dos aspectos son el humano y el técnico. En el primero se evalúa la actuación de la tripulación, la torre de control y hasta a los técnicos que hicieron el mantenimiento del avión para saber si hubo falla humana. Entre la información que estará en estudio está el diálogo que mantuvo el piloto del aparato con la torre de control del aeropuerto de Shell.

El otro aspecto, el técnico, implica una revisión minuciosa de las partes del avión (hélice, alas, fuselaje, tanques de combustible, cabina, motores...) para conocer si hubo alguna falla técnica.

Entre los instrumentos que serán inspeccionados están los que miden la altitud del aparato, para saber a cuántos pies estaba en el momento de la caída.

No será tan difícil saberlo, precisa Rojas, si se tienen los componentes del Arava que lo miden y la potencia del motor (acelerador); más aún si se trata de un avión que, por su edad, no tenía componentes digitales.

Parecía que no estuviese a tanta altura porque los pobladores del sector lo vieron pasar. Una lugareña, Yolanda, lo observó precipitarse a tierra y fue, según sus vecinos, la que indicó a los militares, a través de conocidos suyos, el lugar donde había ocurrido la caída.

Pero ella no quiere hablar de lo que vio, porque le han dicho que será una de los testigos en el proceso de investigación.

El reloj marcaba las 13:00 cuando ella y otros parientes, también vecinos, vieron pasar al Arava cerca de la montaña rodeada de una espesa bruma en la que el aeroplano desapareció. Después, un temblor sacudió la tierra; pero fue horas después cuando supieron que el aparato estaba caído en la montaña.