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Fidel Castro

01 dic 2016 / 00:00

    Cuba era el pasto de la tiranía, repetida con un nombre o con otro, eran todos parecidos a tal extremo que uno de los dirigentes políticos más importante de entonces se suicidó frente al micrófono de una radio, dejando la sensación de que nadie podría redimir a la hermosa Isla de las tiranías, más aún cuando un sargento, convertido en dictador, aparecía como el gobernante eterno. Fulgencio Batista castigaba a Cuba con su presencia rapaz y tiránica en la jefatura del gobierno.

    Sin embargo había un fermento reivindicador en la Universidad de La Habana, cuyos dirigentes estudiantiles juraron ante el cadáver del conductor suicida que no darían descanso a su brazo hasta rescatar la libertad secuestrada por el sargentón. Entre ellos se hallaba un activista muy joven llamado Fidel Castro Ruz, hijo de un inmigrante español que se había convertido en gran terrateniente.

    Castro creía que solo la acción directa, es decir la lucha armada, podría vencer a la tiranía y comenzó a organizar las escuadras para emprender en la tarea que se presentaba grave y difícil y requería de heroísmo para llevarla a cabo. Surgió entonces en su mente la idea de asaltar un cuartel para proveerse de armas con las cuales enfrentar a la dictadura de Batista, convenciendo además a los soldados de la necesidad de un cambio radical en el gobierno. El asalto al cuartel Moncada se convirtió en un fracaso sangriento. Castro fue apresado y juzgado por un tribunal, como todos los de las tiranías, su obsecuente servidor. Condenado a largo tiempo de prisión pronunció un discurso, cuya frase más centellante fue “La historia me absolverá”. Beneficiario de una amnistía se exilió a México, país en el que vinculó a la empresa bélica a Ernesto Guevara, el Che y comenzó a organizar una intervención guerrillera para derrocar a Batista. Ochenta personas se entrenaron bajo la conducción de un militar republicano español exiliado en México. Consiguió recursos para adquirir una pequeña nave en la que se atiborraron esos 80 que lamentablemente encalló ya en las costas cubanas. En la Venta de Pío despertaron cuatro náufragos del Granma, nombre de la pequeña nave que zozobró y sabiendo que solo eran cuatro, incluido él, pensó que bastaba ese número para emprender en la guerra. Lo hizo y se escabulló a la Sierra Maestra, haciendo campamento en el Pico Turquino. Floreció entonces la guerrilla y el primero de enero de 1960, luego de derrotar implacablemente al grande y poderoso ejército de Batista, entró victorioso a La Habana. La implantación de la revolución comenzaría casi de inmediato. Pero esta es otra historia que se cumple en más de cincuenta años.

    haroc@granasa.com.ec

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