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Promesas rotas de la democracia

11 ene 2017 / 00:00

La democracia liberal se encuentra bajo asedio. Los populistas de derecha y de izquierda arremeten contra la globalización y el estancamiento de los ingresos de la clase media, y ponen en entredicho la legitimidad de las instituciones de la democracia liberal y de las élites políticas que las manejan. Es simplista echar la culpa a las políticas posverdad que practican los populistas. Sus mentiras y las exageraciones no funcionarían si el modo en que actualmente se practica la democracia no tuviera problemas. Debemos reexaminar y reparar lo que el teórico de la democracia Norberto Bobbio denomina “las promesas rotas de la democracia”. Cuando los representantes que han sido elegidos pasan más tiempo en el Congreso que interactuando con los ciudadanos, no están faltando a su deber sino llevando a cabo sus funciones. No obstante, la retórica de la democracia moderna afirma lo contrario: resalta la cercanía con los votantes y sus preocupaciones. La credibilidad de los líderes políticos sufre cuando el contraste con la realidad se torna demasiado patente. Por eso los políticos democráticos tratan de persuadir a los votantes de que sus propios intereses coinciden con los del electorado. Dos interesantes estudios realizados recientemente por investigadores de Harvard y de MIT, explican el surgimiento del populismo en términos de los esfuerzos realizados por políticos para demostrar a los electores que ellos no están en deuda con intereses poderosos. Así, aunque las políticas populistas reduzcan el bienestar económico general, los votantes racionales optan por ellas. Como se señala en uno de los estudios: “una vez que los líderes dejan de ser necesariamente honestos, es posible que valga la pena contratar a los que son incompetentes”. Bobbio subraya que la falta de confianza en los políticos democráticos obedece también a que las sociedades modernas son pluralistas y dentro de ellas hay muchos intereses que compiten por ser representados (no hay una voluntad general que un político pueda representar), y a que en una democracia representativa no existe un mandato vinculante que obligue al representante elegido a actuar de una manera determinada. Una vez en su cargo, el político es libre de decidir en qué consiste el bien de la sociedad y qué políticas pueden promoverlo. El potencial para que se produzca un conflicto es obvio. Incluso en el improbable caso de que no haya diferencias entre los intereses que representa un político, no será fácil decidir cuáles son las mejores políticas. Todavía peor, es muy posible que un político competente y honesto opte por las mejores políticas, pero que dentro de un entorno de información imperfecta, no consiga persuadir a los votantes de que actuó de manera correcta. Así, la importancia social de los tecnócratas que poseen los conocimientos necesarios para tomar decisiones complejas en cuanto a políticas se elevará, pero se reducirá su estima ante la sociedad. Además, la tecnología aumenta enormemente la velocidad con la que los ciudadanos transmiten sus diversas demandas, pero los mecanismos de consulta y contrapeso democrático frenan la velocidad de las respuestas. De hecho, las promesas de la democracia se han roto, “mas”, pregunta Bobbio, “¿realmente podrían haberse cumplido? Yo diría que no”. Según Churchill “la democracia es el peor sistema de gobierno, con excepción de todos los demás”. Estamos más cerca que nunca de poner en práctica los valores de libertad y dignidad para todos. ¿Acaso no es esta una publicidad suficientemente poderosa en apoyo de la democracia liberal?

Project Syndicate

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