
La tradición del Vía Crucis y el enigma de la Verónica: entre la fe y el arte
La 6ta estación, dedicada a esa mujer que por compasión seca el Rostro Santo y cuya imagen queda grabada en el lienzo de lino
Cada viernes de Cuaresma, especialmente en el Viernes Santo, la Iglesia Católica rememora el Vía Crucis, un recorrido que va desde la condena a muerte de Jesús hasta su sepultura. Las estaciones del Vía Crucis, establecidas oficialmente entre los siglos XIV y XV, incluyen la figura de la Verónica en la sexta estación. Esta mujer, que según la tradición limpia el rostro de Jesús, es venerada en distintas ramas del cristianismo, incluidas las iglesias católica romana, anglicana, luterana, metodista y ortodoxa.
La figura de Verónica y el ‘Vero Icono’
El evangelio no menciona a ninguna mujer llamada Verónica, y el episodio no aparece en los textos canónicos. No obstante, se cree que, si realmente ocurrió ese encuentro entre Jesús y la mujer, el paño que ella utilizó sería un ‘vero icono’, es decir, una verdadera imagen.
Esta idea se asemeja a otras reliquias sagradas, como la Sábana Santa de Turín o el Mandylion de Edesa, veneradas tanto por católicos como por ortodoxos. Sin embargo, la existencia de la reliquia de la Verónica sigue siendo un misterio, con muchos lugares que afirman poseerla, aunque sin pruebas definitivas.
Relatos y visiones a lo largo de la historia
El evangelio apócrifo de Nicodemo, escrito alrededor del 130 d.C., menciona que la reliquia de la Verónica fue utilizada para curar al emperador romano Tiberio y que la mujer que limpia el rostro de Jesús sería la hemorroísa mencionada en los evangelios sinópticos (Mateo, Marcos y Lucas). Esta visión fue recogida más tarde por papas como Sergio IV (1011) e Inocencio III (1200), y se encuentra también en la obra de Dante Alighieri, quien la menciona en su Divina Comedia.
La beata Ana Catalina Emmerick, mística alemana del siglo XVIII, tuvo visiones sobre este acontecimiento, que fueron recopiladas en su libro La Dolorosa Pasión de Nuestro Señor Jesucristo. En sus revelaciones, se describe a una mujer llamada Serafia ofreciendo un lienzo a Jesús, una escena que también aparece en las obras artísticas que han inmortalizado este momento.
Arte inspirado por la Verónica
La historia de Verónica ha sido plasmada en numerosas obras de arte a lo largo de los siglos. El Greco representó a la Verónica en varias obras, destacando La Verónica con la Santa Faz (1577-1580), donde muestra el lienzo con el rostro de Cristo impreso, rodeado de una atmósfera mística. Con su característico uso del color y la luz, el pintor logra una imagen de gran intensidad espiritual, reflejando la devoción y el misterio que rodean esta tradición.
Otro ejemplo destacado es la escultura de Francesco Mochi, Santa Verónica, realizada entre 1629 y 1639 en mármol de Carrara, ubicada en la Basílica de San Pedro en el Vaticano. Con cinco metros de altura, la figura ha capturado la devoción y el misterio de este personaje.
También el pintor español Juan Antonio Vera y Calvo, en 1864, retrató en su obra La Verónica mostrando la Santa Faz a la Virgen y San Juan, la escena en la que la mujer entrega el paño a la Virgen María. Esta pintura se encuentra actualmente en el Museo del Prado de Madrid.
El arquitecto Antoni Gaudí, también creyó en la veracidad del relato de la Verónica, y, aunque la pieza en la Fachada de la Pasión de la Sagrada Familia en Barcelona fue diseñada por Josep María Subirachs, su contribución muestra la profunda influencia que la tradición ha tenido en la creación artística.
Un acto de fe y generosidad
La mujer que limpia el rostro de Jesús en su camino al Calvario es más que un personaje de la tradición cristiana; es un símbolo de generosidad, de una mujer común que no duda en ofrecer lo poco que tiene en un acto de compasión. El lienzo, posiblemente usado para secar el llanto, el sudor y la sangre, es transformado en un objeto de profunda espiritualidad, recibiendo una recompensa mucho mayor que la que la mujer podría haber imaginado.
Así, la figura de Verónica sigue siendo un testimonio de cómo un gesto simple puede trascender a través del arte, la historia y la fe.
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