
Brutalismo en Guayaquil: los edificios olvidados que marcaron una era urbana
El brutalismo llegó a Guayaquil como un símbolo de progreso y funcionalidad
La arquitectura brutalista, caracterizada por su uso del concreto expuesto y la geometría pura, se desarrolló en la segunda mitad del siglo XX como una respuesta funcionalista y honesta a las necesidades urbanas. En Guayaquil, aunque no tan dominante como en otras ciudades latinoamericanas, dejó su huella en varios edificios públicos e institucionales. Sin embargo, muchos de estos han sido modificados con el tiempo, perdiendo su esencia original. “El brutalismo en Guayaquil se encuentra 'tropicalizado', combinando materiales y formas adaptadas al clima de la ciudad”, explica la arquitecta Gilda San Andrés Lascano, docente de la Universidad Católica de Santiago de Guayaquil (UCSG), y directora del Laboratorio de Crítica Arquitectónica y Urbana.
Ejemplos destacados de esta corriente en la ciudad incluyen la Facultad de Arquitectura y Diseño de la UCSG, la Biblioteca Municipal de Guayaquil y el edificio Mecanos (Av. De las Américas). Estos inmuebles, construidos entre las décadas de 1970 y 1980, reflejan la estética brutalista en su estructura de concreto expuesto y volúmenes masivos. La arquitecta Ana María Arcos, docente de la Universidad Especialidad Espirítu Santo (UEES), enfatiza que “en muchos casos, las remodelaciones han cubierto el concreto con capas de pintura o revestimientos modernos, diluyendo la esencia brutalista”.
Edificios pensados en las condiciones climáticas
El brutalismo en Guayaquil no solo fue una elección estética, sino también una respuesta pragmática a las condiciones climáticas. La masa térmica del concreto permitía cierta regulación de temperatura en un clima cálido y húmedo, mientras que los grandes volúmenes y terrazas proporcionaban sombra y ventilación. “Aquí se incorporan elementos como sustracciones en los edificios y espacios abiertos que permiten la circulación del aire, suavizando la pesadez característica del brutalismo europeo”, señala San Andrés.
A pesar de su impacto en la modernización de la ciudad, la percepción sobre estos edificios ha cambiado con el tiempo. Durante la crisis económica de los años 80, muchas estructuras brutalistas fueron renovadas con materiales más ligeros como vidrio y aluminio, en busca de una estética más comercial. “El brutalismo pasó a percibirse como monótono y obsoleto, lo que llevó a intervenciones que han desdibujado su identidad”, lamenta Arcos.

Desde la mirada ciudadana, el brutalismo en Guayaquil no siempre ha sido comprendido ni apreciado. A menudo, estos edificios son vistos como fríos y poco atractivos, lo que ha motivado su alteración o demolición. Sin embargo, pocos guayaquileños conocen la historia detrás de estas construcciones, que en su momento representaron el progreso y la modernización de la ciudad. “Estos edificios fueron el reflejo de una época en la que Guayaquil buscaba consolidarse como un centro económico y educativo clave en el país”, recalca San Andrés. La falta de difusión sobre su valor ha hecho que la ciudadanía los vea como simples estructuras viejas, sin reconocer su papel en el desarrollo urbano de la urbe.
A nivel latinoamericano, el brutalismo dejó ejemplos icónicos como la Universidad Central de Venezuela y el Congreso Nacional de Brasilia. Comparado con estos referentes, Guayaquil presenta una versión más contenida y funcional, enfocada en la integración con el entorno urbano. “El brutalismo aquí no alcanzó la monumentalidad de otras ciudades, pero sí influyó de la manera en que se concibieron los espacios institucionales y educativos”, detalla San Andrés.
Los edificios como patrimonio cultural
El desafío actual es su preservación y valoración como parte del patrimonio arquitectónico de la ciudad. Desde la academia y el sector cultural, se han impulsado proyectos para rescatar su historia y evitar su desaparición. “Estamos trabajando con el Instituto Nacional de Patrimonio Cultural y el Ministerio de Cultura para documentar y difundir la importancia de estos edificios”, concluye San Andrés.
Si Guayaquil busca fortalecer su identidad arquitectónica, es necesario que la ciudadanía, las autoridades y el sector académico se unan en la tarea de proteger estos inmuebles. Así como el casco histórico de la ciudad es reconocido y valorado, el brutalismo debe ser visto como parte del relato urbano de la metrópoli. En un tiempo en el que la modernización parece borrar el pasado, queda la pregunta de si aún hay espacio para el respeto y la conservación de la historia arquitectónica guayaquileña.
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