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Abelardo García Calderón: Saludable y válida medida

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El celular en sí mismo no es malo; es el uso que le damos y, en ocasiones, en la transformación en arma a la que lo sometemos

Hace ya algunos meses, nuestro Ministerio de Educación expidió un acuerdo con el que se prohibía y normaba el uso de celulares en las instituciones educativas. Medida que ha sido ya adoptada en otros países de Europa y América, con el afán de mejorar la atencionalidad, el nivel académico y la interacción psicosocial de los alumnos.

En el caso ecuatoriano, la prohibición del uso del artilugio se aplica hasta décimo grado de básica, mientras que, entre primero y tercero de bachillerato, se permite su uso con fines pedagógicos y de investigación, siempre y cuando el profesor así lo considere. Creemos válida la decisión ministerial, porque si bien algunas instituciones ya la aplicaban internamente, no faltaban protestas que reclamaban la autoridad de la decisión, alegando que se coartaba su derecho de padres a comunicarse con los hijos.

Que el celular y su uso indiscriminado desenfocan, distraen y perturban al alumno es un hecho, incluso sin entrar en los efectos adictivos que provoca en muchos o en el estado de ansiedad que genera en otros, quienes viven sobresaltados por la inmediatez.

El famoso ‘clic’ desorienta y confunde al alumno frente al proceso de aprendizaje, a la búsqueda y a la investigación; rompe el principio causa y efecto y, simplemente, lo deja en la satisfacción del resultado urgente.

En el aula, el celular irrumpe como un gran distractor, pues es el atrayente pararrayos de todo tipo de información, no necesariamente conveniente para el alumno, ya sea por incierta, inmoral y hasta acosante. Más allá de que se utiliza para conversaciones, como radio y como cámara, también puede prestarse para molestar a compañeros y profesores.

Vale la pena aclarar que el celular en sí mismo no es malo; es el uso que le damos y, en ocasiones, en la transformación en arma a la que lo sometemos. El problema está en el abuso, en la falta de normas familiares claras para su uso y, por qué no decirlo, en la búsqueda de estatus que conlleva.

Por ello vale también ajustar en el hogar circunstancias paralelas para evitar desbordes. Ese eco es fundamental.