Bernardo Tobar Carrión | El mito del orden internacional

El caso Maduro confirmó que el orden internacional sirve lo que un jubón demodé, apenas útil para una postal
La guerra de tarifas, el acoso a los medios, el autoritarismo, la ruptura del orden internacional y hasta los cuatro jinetes del Apocalipsis se habrían desatado desde que Trump inició su segundo mandato. Al menos así va la narrativa predominante, aunque los hechos apunten en otra dirección.
Comparando aranceles hasta el 2024 sobre las importaciones de los 10 principales productos originados a cada orilla del Atlántico, la tarifa ponderada de Washington era 2 %, mientras que Bruselas aplicaba el doble. El desequilibrio era aún mayor considerando productos específicos, que ambas partes producen, como vehículos, que entran al Oeste con 2,5 %, y al Este con 10 %, cuatro veces más. Añádase la enorme barrera regulatoria y carga impositiva para hacer negocios en Europa, que ha dejado fuera del mercado no solo a competidores norteamericanos, sino a sus propias empresas, que mudan operaciones a sedes menos hostiles. Lo propio sucede con otros países.
Trump se inaugura desregulando, prohibiendo cualquier acción gubernamental contra la libertad de expresión y eliminando el subsidio a medios complacientes. Por contraste, Bruselas amenaza controlar las redes y acalla al disidente, anulando elecciones si falta hace; en las principales ciudades europeas rezan a la Meca en media calle, mientras los sacerdotes católicos son arrestados por predicar en una esquina. Y qué decir de Inglaterra, que del libertario Bill of Rights ha pasado a blandir inquisitorialmente el delito de odio.
El caso Maduro confirmó que el orden internacional sirve lo que un jubón demodé, apenas útil para una postal. ¿Y qué clase de orden puede subsistir ante el pifostio migratorio, ante la dilapidación de dinero de los contribuyentes en auspiciar hordas de invasores que combaten los valores de la sociedad que los acoge? La Zona Euro, que tenía un PIB similar al de Estados Unidos hace 20 años, hoy ya no llega al 60% de éste, ha perdido identidad, competitividad, ahuyenta su propio talento y, como si no estuviera caminando por el filo de la recesión, rompe lanzas y sus propias reglas de disciplina fiscal para emprender una carrera armamentista.
El libre comercio y el orden internacional están inertes desde hace tiempo, al igual que la democracia liberal en Europa, donde un engañoso bienestar colectivo se ha levantado sobre las ruinas de la libertad. Washington solo lo ha puesto en evidencia.