Carlos Andrés Vera: Pautero

¿Qué hacer? Reivindicar la importancia de la opinión fundamentada, coherente y sostenida en el tiempo
El término pautero se ha convertido en una especie de comodín para descalificar cualquier postura con la que alguien no esté de acuerdo, bajo la premisa de que toda opinión está comprada. La popularización del término es paradójica: ocurrió en 2019 en una discusión en Twitter entre Jorge Yunda y Luis Eduardo Vivanco. El exalcalde de Quito le dijo a Vivanco que “no hay para la pauta”, insinuando que no había presupuesto en el municipio para comprar la opinión de La Posta. La paradoja: Yunda es un político y empresario dueño de medios que viven de la pauta. La otra paradoja: La Posta ha utilizado el mismo término (pautero, pautado, etc.) para desacreditar a los periodistas que consideran sus enemigos. Resultado: el debate ya no se centra en los argumentos, sino en la sospecha sobre quién los financia.
Prácticamente hoy todas las voces públicas son ‘pauteros’, son ‘pautados’. Este círculo vicioso erosiona el debate público: si alguien tiene una opinión contraria o no conveniente es porque responde a una pauta, nunca porque haya llegado a esa conclusión por análisis o principios personales. En otras palabras, pautero ha dejado de ser una denuncia sobre la corrupción en la prensa para convertirse en un arma de descrédito automático.
El peligro de esta tendencia es que anula la posibilidad de construir consensos o de disentir con base en ideas. La consecuencia es que la única forma de ser ‘legítimo’ en una discusión es no opinar o suscribirse a la opinión mayoritaria dentro de un grupo, para evitar la acusación de ser ‘pautero’. Paradójicamente, esto beneficia a quienes realmente buscan controlar la narrativa con dinero: si toda opinión es descalificada de antemano, la única voz que prevalece es la que tiene más poder para imponerla.
¿Qué hacer? Reivindicar la importancia de la opinión fundamentada, coherente y sostenida en el tiempo. No se trata de negar que hay periodistas, analistas y medios que responden a intereses comerciales o políticos -porque los hay-, sino de reconocer que la credibilidad no se define por la ausencia total de incentivos económicos, sino por la capacidad de sostener argumentos con consistencia, independientemente de las coyunturas o las conveniencias. Al final del día, la pregunta no debería ser ¿quién lo paga?, sino ¿qué tan sólida y honesta es esta opinión en el tiempo?