Reed Galen | ¿Dónde están los demócratas?

Pase lo que pase con un cierre del gobierno, la lucha por el techo de la deuda o más recortes a los programas federales...
En un reciente artículo de opinión de The New York Times, el veterano estratega demócrata James Carville sugirió una “audaz maniobra política” para su partido en respuesta a las tácticas de conmoción y pavor del presidente Donald Trump: “Darse la vuelta y hacerse el muerto”. Su sugerencia suscitó aullidos de desaprobación y reproches mordaces, pero se podría argumentar, sobre todo tras la débil respuesta del partido al discurso conjunto de Trump ante el Congreso, que ya se ha tomado en serio este consejo. La estrategia tiene varios problemas. La idea de que los republicanos “son pésimos gobernando” es muy exagerada. Las políticas neoliberales del periodo de Bill Clinton allanaron el camino para la crisis financiera de 2008 y contribuyeron a la enorme brecha de riqueza que ha empujado a tantos votantes de clase trabajadora a los brazos del falso populismo de Trump o a alejarse por completo de la política. Los demócratas perdieron las elecciones presidenciales de 2024 -segunda derrota ante Trump- no solo por la edad de Joe Biden o las políticas de Kamala Harris, sino por el alejamiento del partido durante décadas de los trabajadores y su acercamiento a la élite costera acomodada. Esta nueva orientación hizo que el partido perdiera apoyo entre la clase trabajadora blanca y los trabajadores latinos; y millones de votantes de los principales estados indecisos se quedaron en casa. Con los republicanos al mando de la Casa Blanca, el Senado y la Cámara de Representantes, y con una mayoría conservadora de seis jueces en la Corte Suprema, los demócratas están sin duda acorralados y tienen un poder institucional limitado para frenar a Trump. Pero abandonar la lucha difícilmente sea una estrategia exitosa para recuperar apoyo. Los demócratas deberían pasar su tiempo en sus propios distritos, en los republicanos y en los estados que han perdido en los últimos años. Es la única manera de desarrollar un plan creíble y claro para abordar los problemas de EE.UU. También deberían alentar a los gobernadores estatales del partido a oponerse a las políticas más perjudiciales de Trump y centrar su atención -y sus bolsillos- en los votantes descontentos o volubles con sus representantes en Washington. No hay que hacerse ilusiones de que las elecciones de 2026 se desarrollarán sin problemas o eficientemente. Los recortes de financiación de la administración Trump a la Agencia de Ciberseguridad y Seguridad de Infraestructura, encargada de combatir las operaciones de información extranjeras, socavarán la seguridad electoral. También las subvenciones y pagos realizados antes en virtud de la Ley de Ayuda a Estados Unidos a Votar enfrentan un escrutinio; recortar este gasto podría obligar a los administradores electorales estatales y locales a hacer más con menos, a menudo frente a legislaturas estatales hostiles. Si los demócratas optan por seguir el consejo de Carville y ver arder el país con la esperanza de que los votantes los recompensen por el daño causado por Trump 2.0, realmente no han aprendido nada. Uno de los principales errores políticos del partido en la campaña presidencial del año pasado fue pasar demasiado tiempo hablando de por qué Trump es malo, y no el tiempo suficiente explicando sus planes para el pueblo norteamericano. Si el viejo adagio “no se puede vencer a algo con nada” es cierto, entonces sugerir que el Partido Demócrata se haga el dormido es la mala política de siempre.