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Diana Acosta: Consejo inútil

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Una institución inútil no debe reformarse, tiene que ser eliminada

Siempre he sostenido en muchos de mis artículos que el Consejo de Participación Ciudadana y Control Social (CPCCS) fue una pésima idea y que ha sido el botín de las fuerzas políticas que lo han conformado.

Fue una quimera pensar que ese Consejo se mantendría apolítico, sin la participación de ninguna de las fuerzas partidistas de nuestro país.

En su concepción crearon la figura romántica e idealista de que sería conformado por personas impolutas, objetivas e imparciales, con el poder de nombrar a las principales autoridades de nuestro país; pero eso nunca se cumplió. No me equivoqué, hasta ahora solo ha servido para asaltarlo, sin que haya existido una real participación ciudadana en esa institución.

Se ha convertido en el botín de la corrupción, atentando contra la institucionalidad del país, porque es ese organismo el que escoge autoridades a dedo, disfrazando sus nominaciones con seudoconcursos de méritos y oposición teledirigidos, para luego, con el favor de sus nominados, satisfacer sus intereses particulares.

La Constitución, idealista como es, introdujo esta novedad para que la ciudadanía se empodere, de una manera autónoma y trasparente; pero no, su propósito fracasó rotundamente, pues no sirvió para fortalecer la democracia participativa, sino para terminar de enterrarla.

Su papel crucial de lucha contra la corrupción ha sido una utopía y el nombramiento de los miembros del Consejo Nacional Electoral, de los consejeros del Tribunal Contencioso Electoral y del Consejo de la Judicatura, un completo fiasco, plagados de denuncias de diferente índole y gravedad.

Si a alguien no le quedaba claro que el CPCCS no sirve para nada, ya con las últimas revelaciones ha quedado confirmado.

El CPCCS debe desaparecer, pues las autoridades no pueden seguirse nombrando a dedo para beneficiar los intereses coyunturales de unos pocos en detrimento de los altos intereses nacionales.

Es un consejo completamente inservible, que no ha hecho nada más que tomarse las instituciones a su antojo.

Una institución inútil no debe reformarse, tiene que ser eliminada.