Mauricio Velandia: Trump no inventó los aranceles. Solo les quitó la vergüenza

La economía cambió, sí. Pero no hacia el proteccionismo, sino hacia la complejidad
Durante décadas, el consenso económico internacional giró en torno a la idea de que el libre comercio era la vía natural al desarrollo. El mantra era: más apertura, más competencia, más eficiencia. Pero desde hace unos años algo crujió en los cimientos. Y lo que parecía ser una excepción coyuntural -los aranceles de Donald Trump a productos chinos, el acero, el aluminio, a los chips, a los paneles solares- terminó revelando una nueva normalidad: el regreso sin complejos del proteccionismo. Pero no nos engañemos. Trump no inventó nada. Lo suyo fue apenas el sinceramiento brutal de una política que ya venía disfrazada. Europa subsidia a su agroindustria desde siempre. China protege sus gigantes tecnológicos con barreras invisibles. Y EE.UU., incluso en su etapa más globalista, nunca dejó de premiar a los suyos: basta ver el complejo militar-industrial o los rescates bancarios de 2008. Lo que hizo Trump fue quitarle la vergüenza al nacionalismo económico.
La economía cambió, sí. Pero no porque el proteccionismo haya demostrado ser superior. Cambió porque las élites económicas y políticas vieron en el discurso nacionalista una coartada perfecta para frenar la disrupción. Lo que antes se llamaba ‘defender al consumidor’ ahora se vende como ‘proteger la producción local’. Lo que antes era ‘competencia global’ hoy se llama ‘soberanía productiva’. El lenguaje cambió, pero el fondo es el mismo: evitar perder el control. ¿Y quién paga los platos rotos? El ciudadano común. Porque los aranceles no castigan a las grandes potencias ni corrigen desequilibrios estructurales. Solo encarecen los productos, reducen opciones, distorsionan mercados. En teoría, se imponen para darle tiempo a la industria nacional de fortalecerse. En la práctica, solo perpetúan ineficiencias y alimentan monopolios locales.
El discurso del ‘campeón nacional’ es seductor: ¿quién no querría ver a su país liderando sectores estratégicos, fabricando sus propios semiconductores o aviones? Pero en nombre de esa aspiración se están tomando decisiones que empobrecen al ciudadano y enriquecen a unos pocos. Se protege al empresario cercano al poder, al sindicato con músculo político, a la empresa que sabe llorar en la puerta correcta. Detrás del arancel, del subsidio, de la ‘estrategia industrial’ está la vieja lógica del privilegio, una lógica que se disfraza de geopolítica, de lucha por el empleo o de seguridad nacional, pero que, al final, produce lo mismo de siempre: concentración, captura del Estado y clientelismo empresarial.
El mundo no necesita más aranceles. Necesita más competencia. Más apertura inteligente. Más reglas claras. El nacionalismo económico es comprensible como reacción emocional frente a un mundo incierto, pero es peligroso como política pública, porque normaliza la idea de que el Estado debe elegir ganadores. Y en la historia económica, cada vez que el Estado juega a empresario, pierde el ciudadano.
Trump abrió la puerta, pero hoy la cruzan todos. China responde con represalias.
La economía cambió, sí. Pero no hacia el proteccionismo, sino hacia la complejidad. Hoy, las cadenas de valor están entrelazadas. Los productos son ensamblajes globales. Poner aranceles en ese contexto es como tratar de atrapar aire con las manos.
En las próximas elecciones hay que sincerarse. Votar por el que proteja la industria nacional. Así piensa Trump, Xi Jinping y Macron. Ya la economía cambió. La competencia cambio. Se protege al nacional. Compita protegiendo.